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martes, 24 de julio de 2012

George A. Custer

El general George Armstrong Custer era conocido por los indios como Pahuska, «el de los cabellos largos», a causa de la melena de color pajizo de la que el general estaba tan orgulloso. Pero, entre los indios de las praderas norteamericanas, era mejor con conocido como un cruel genocida, como un aniquilador de tribus enteras. Custer, que estaba al frente del famoso Séptimo de Caballería, se ganó su sangrienta reputación en 1868, cuando fue enviado por el general Philip Sheridan —el "Oso Enfadado" de los cuarteles fronterizos— a sojuzgar a los indios de las praderas que se negaban a concentrarse en las reservas que el gobierno había establecido para ellos.
Por qué se eligió a Custer para esta importante misión es un tema que se presta a conjeturas, pues la carrera de Custer como soldado había sido muy irregular. Custer nació el 5 de diciembre de 1839 en New Rumley, Ohio. Se graduó en la Academia militar estadounidense de West Point, y gracias a la guerra civil —en la cual se distinguió en la persecución del general Robert E. Lee, comandante en Jefe de la Confederación—, alcanzó el grado de general de brigada a la temprana edad de 23 años.
A Custer se le subió el éxito a la cabeza. Se convirtió en un vanidoso, en un extravagante buscador de glorias. Se dejó crecer su rubia cabellera hasta los hombros y cubrió con sus propios retratos las paredes de su habitación. Cuando la guerra civil terminó, en 1865, el ego del general de brigada Custer se sintió gravemente herido, al ser rebajado al grado de capitán. Se convirtió en el hazmerreír de sus hombres, pero en el lapso de un año, había hecho méritos suficientes para recobrar el grado de teniente coronel. Entonces, su desmesurado amor propio casi lo llevó a la perdición.
Sin consultar a sus superiores, decidió tomarse unas vacaciones y abandonó su campamento para visitar a su esposa, Libbie. Se le sometió a una corte marcial y fue suspendido de empleo y sueldo por un año. Dedicó su tiempo libre a escribir acerca de sus propias aventuras, en los más heroicos términos. También contrajo deudas que, como luego era trasladado de fuerte en fuerte, al parecer nunca lo alcanzaron. En 1868 fue reintegrado al servicio activo y se le confió una misión especial. Una misión que requería tacto, diplomacia y compasión. El recientemente promocionado general George Armstrong Custer, de 28 años de edad, no poseía ninguna de esas virtudes; sin embargo, fue enviado a resolver de una vez por todas los problemas de los indios de las praderas. Los indios, principalmente los cheyenes y sioux, habían sido gradualmente empujados hacia el Oeste durante decenios, debido a la avidez de tierras que inflamaba a los blancos.
Pero en la década de 1860, el proceso se había acelerado, debido a las correrías de indios cazadores de búfalos, que planteaban problemas a las autoridades, a pesar de los tratados sobre el uso de las tierras que permitían a los indios esta libertad de movimientos. Ahora, las autoridades querían las tierras donde habitaba el búfalo. Se decidió que esos indios, que hasta ahora no se habían establecido en reservas para subsistir con las magras limosnas del gobierno, debían ser obligados a someterse.
Se consideró que Custer era el hombre indicado para conseguir ese objetivo. Durante el otoño de 1868, un viejo y pacifico jefe indio, llamado Black Kettle (es decir, Olla Negra), líder de los cheyenes meridionales, se estableció con su tribu a orillas del río Washita para pasar el invierno, a unos 150 km de la avanzada militar más próxima que los blancos habían implantado, el Fuerte Cobb. El jefe indio solicitó que se permitiera a las 200 familias que integraban su rama tribal trasladarse para pasar el invierno bajo la protección del fuerte; pero la petición fue denegada.

El general William Hazen, comandante del fuerte, les dijo a Black Kettle y a su delegación que debían volver al río Washita, donde se les permitiría permanecer hasta que las nieves se fundieran. Esta promesa no significaba nada. Porque en el mes de diciembre de 1868, Custer fue enviado para castigar de modo ejemplar al pueblo de Black Kettle. Una neblinosa mañana, antes de que amaneciera, Pahuska el Melenudo ordenó a sus hombres que rodearan el campamento indio. Cuando los soldados aparecieron a través de la niebla, Elack Kettle tenía ensillado su caballo y salió a parlamentar con ellos. El jefe indio ignoraba que la misión de Custer consistía en «ir al río Washita, al asentamiento invernal de las tribus hostiles, y allí destruir sus aldeas y caballos, matar o colgar a todos los guerreros y traerse consigo a las mujeres y a los niños».
Black Kettle había sobrepasado apenas el perímetro del campamento en su misión de paz, cuando se produjo la carga de la caballería. De acuerdo con la leyenda india, resultó muerto de un disparo cuando levantaba su mano para detener a los soldados que se aproximaban. Custer fue el organizador de la matanza que siguió. Sus órdenes consistían en matar a los guerreros, pero la ejecución fue indiscriminada. Murieron más de 100 cheyenes, de los cuales sólo una décima parte eran guerreros. El resto eran mujeres, niños y ancianos. También fueron exterminados cientos de caballos, para que los sobrevivientes no tuvieran posibilidades de escapar. Y unas 50 mujeres y niños fueron tomados prisioneros.
El miedo y el odio a Custer se extendió entre las tribus, y fue alimentado, a través de los meses siguientes, a medida que Custer emprendía despiadadas campañas contra los indios de la zona. Entonces fue cuando Custer, el hombre elegido por Washington para transformar el Oeste en un lugar seguro para los cristianos civilizados, se convirtió en el hombre que, mediante traiciones y matanzas, obligó a rendirse a un jefe tribal tras otro. Hasta que se enfrentó con Sitting Bull es decir, Toro Sentado - imagen der. -).
Tatanka Yotanka, o Sitting Bull, era el líder de los hunkpapa, la más belicosa e independiente rama de la nación sioux. Sioux significa también Dakota, y fue en Dakota, en las vecindades de Montana, donde Custer descubrió que no era invencible.
En 1868, las Colinas Negras de Dakota fueron concedidas para que los indios vivieran allí siempre. Muchas tribus consideraban las colinas, las «Paha Sapa», como lugares sagrados y como centro del mundo del espíritu. En 1868, el tratado fue aceptado por los blancos porque consideraban inservibles esas tierras. Pero ya no estaban de acuerdo seis años después, cuando Custer dirigió una expedición a las colinas e informó a su regreso: «Están llenas de oro, desde las raíces a los pastos». Inmediatamente, el tratado quedó de lado, y Custer presionó para abrir el camino a las riquezas de las Colinas Negras. Los indios llamaban a ese camino «La ruta de los ladrones».
Una comisión fue enviada desde Washington para negociar con los sioux, arapahos y cheyenes, que reclamaban para sí las Colinas Negras. Pero los indios se negaban a vender su tierra sagrada o a cambiarla por otro territorio. Toro Sentado les dijo a los comisionados del gobierno: «No queremos vender nuestras tierras, ni siquiera una pizca de polvo de ellas. Las Colinas Negras nos pertenecen. No queremos al hombre blanco aquí. Si el blanco trata de tomar las colinas, lucharemos». Incapaz de obtener las Colinas Negras por medio de las amenazas, el blanco trató de jugar sucio.
El departamento de Guerra promulgó un ultimátum, por el cual todos los indios que no estuvieran en sus reservas oficiales a fines de enero de 1876 serían considerados hostiles. Se agregaba que «serían enviadas fuerzas militares para obligarlos a acatar esta orden». Toro Sentado recibió la noticia del ultimátum sólo tres semanas antes de la fecha tope, y protestó, afirmando que su tribu no podía ni pensar en movilizar su campamento en pleno invierno.
El 7 de febrero, el general Sheridan —el hombre que una vez declarara que «el único indio bueno es el indio muerto»— recibió la orden de atacar. Y el hombre al que eligió para asestar el mayor golpe contra el enemigo más formidable, Sitting Bull, era su leal verdugo, el general Custer. Durante los primeros meses de 1876, tropas ambulantes de soldados expulsaron a tribus de indios pacíficos que habitaban el río Powdér y la cuenca del río Tongue, cerca de la frontera entre Montana y Wyoming. Con sus tipis incendiados, sus caballos muertos y poca ropa de abrigo, los grupos dispersos de sobrevivientes dirigidos por Toro Sentado, se reunieron en bandas andrajosas pero llenas de orgullo en el Valle de los Grandes Pastos, en Little Bighorn.
A medida que las intenciones del ejército se iban haciendo más obvias, todo indio que no formaba parte del campamento de Little Bighorn quedaba aislado y amenazado. Miembros de las tribus que, previamente, habrían elegido permanecer completamente ajenos a la alianza, se unieron al núcleo de Toro Sentado. Incluso indios que desde hacía tiempo se resignaban a la vida en las reservas desertaron de ellas a millares para congregarse en el valle de Little Bighorn.
Por lo menos había 10.000 indios, de los cuales unos 3000 o 4.000 eran guerreros. Todos sabían que la gran batalla estaba cerca. Era la última ocasión que se ofrecía a los sioux para conservar la tierra de sus ancestros y de sus dioses. Por lo tanto, celebraron la danza del sol. La danza constituía la mayor celebración que la nación sioux conociera jamás. El pasto de primavera estaba exuberante, y abundaban los búfalos, de manera que llenaron sus estómagos, bailaron y probaron su coraje. Toro Sentado, en cuyo cuerpo se veían las numerosas cicatrices dejadas por anteriores danzas del sol, tenía 50 heridas en carne viva, en cada uno de los brazos; era su manera de celebrar esta ocasión. Bailó sin parar alrededor de la vara sagrada, contemplando constantemente el sol. Al caer la tarde, Toro Sentado continuaba danzando aún, y bailó toda la noche, hasta el día siguiente. Después de 18 horas de baile, se desmayó. Cuando lo reanimaron, narró a su nación que había tenido una visión maravillosa: había visto a los soldados blancos «caer como saltamontes» en su campamento, mientras una voz le decía: «Te regalo esta victoria, porque ellos no tienen oídos».
La victoria estaba asegurada! Custer también tuvo visiones: las visiones de su propia gloria. Mientras los sioux cumplían la danza ritual del sol, Custer se dirigía desde el Fuerte Abraham Lincoln hacia Little Bighorn, en el extremo este de Dakota del Norte. En el campamento, todas las noches se sentaba a escribir mensajes de autofelicitación, que dirigía a un periódico de Nueva York. También confiaba sus pensamientos «privados» a su diario: con la idea, por supuesto, de que fueran rescatados más tarde por la posteridad. Custer escribió por entonces: «Durante largos años del pasado, todos mis pensamientos fueron ambiciosos. Pero no de riquezas, no la ambición de ser sabio, sino de ser grande.
Deseo unir mi nombre a actos y a hombres que sean un sello de honor, no sólo para el presente sino también para las futuras generaciones». Éste era, pues, el hombre que llegó al valle del Little Bighorn, al otro lado del río, frente al campamento de Toro Sentado, la noche del 24 de junio de 1876.


Solamente acompañaban a Custer 611 hombres, 12 escuadrones de la caballería estadounidense: sólo una pequeña parte de la fuerza ofensiva de que disponía. Porque, de acuerdo con su conocido estilo de mando, Custer había dejado atrás todas las otras unidades, y se encontraba muy adelantado en el tiempo, listo para entrar en batalla.
Muy rezagado hacia el sur se encontraba el general George Crook, comandante de un regimiento de 1.000 soldados, con 250 crows y shoshonis, indios enemigos de los sioux y procedentes del fuerte Fetterman. Habían sido retrasados, y casi derrotados, por una emboscada que prepararon los oglagas de Caballo Loco (imagen izq.) , que cumplieron una arriesgada salida de su campamento a fin de interceptar a los blancos en el valle del río Rosebud.
En realidad, las fuerzas, bajo la conducción improvisada de Crook, podrían haber sido arrasadas por los sioux de no haber contado con la bravura dé sus aliados indios. De todas maneras, la columna de Crook quedó desintegrada y sin posibilidad alguna de reunirse con las otras fuerzas que convergían sobre Little Bighorn Custer no sabia nada de esto. lo que sabia, en cambio, era que estaba muy adelante de los otros oficiales; que competían con él por la gloria de aniquilar a los indios «hostiles». Estos oficiales eran el mayor general John Gibbon, que había marchado hacia el este desde el Fuerte Ellis, y el general Alfred Terry, que salió hacia el oeste desde el Fuerte Abraham Lincoln, .con la intención de reunirse con Gibbon en el río Yellowstone.
En aquel m omento, los dos estaban remontando el Little Bighorn con una fuerza que, en total, reunía a 1,500 hombres. Terry era el superior inmediato de Custer, y los dos generales deberían haber cabalgado juntos. Peto Terry, que carecía de experiencia en la lucha contra los indios, había cedido a las súplicas de Custer para que le permitiera adelantarse y hacer un reconocimiento del campamento sioux. Temeroso de que alguien pudiese alcanzar antes que él el asentamiento, Custer rechazó la oferta de Terry, consistente en que se llevara más hombres y armas Gatling. En cambio, Custer se adelantó a todos y se jactó: «Yo puedo derrotar a todos los indios del continente con el Séptimo de Caballería», La confianza que Custer tenía en si mismo no lo abandonaba ni por un 1. solo instante.
Condujo a los doce escuadrones que comandaba sin compasión ninguna (los hombres recorrieron 100 km. en solamente dos días) y no se perturbó siquiera al descubrir la verdadera magnitud de la fuerza que estaba buscando para enfrentarse en batalla. El primer indicio acerca del poderío de los sioux se produjo cuando los hombres de Custer hallaron las huellas dejadas por los indios al trasladar de sitio ci campamento, unos pocos días antes. Las huellas dejadas por los cascos de los caballos y el arrastrar de los palos de sus tipis cubrían casi dos kilómetros de ancho.
El segundo indicio provino de los propios exploradores indios empleados por Custer. Le suplicaron que esperara dos días más, para que Terry y Gibbon llegaran, antes de comenzar el ataque. Pero el comandante Pahuska, arrogante y ansioso de gloria, no podía esperar. Y la vanidad fue su perdición. El plan de Custer consistía en separar sus 12 escuadrones en tres batallones, que podrían lanzar ataques simultáneos sobre el campamento indígena desde diferentes direcciones. Por lo tanto, al amanecer del 25 de junio, puso al capitán Frederick Benteen al mando de tres compañías y encargó otras tres al mayor Marcus Reno; el propio Custer se encargó del mando de cinco compañías, y dejó las restantes al cuidado de los pertrechos. Los exploradores de Toro Sentado vigilaban cuidadosamente, escondidos tras los peñascos, el lento avance de Custer y su cúerpo principal, compuesto por 225 hombres que se movían por el valle del río.
Custer buscaba un lugar apropiado para ladear el río y atacar por sorpresa la aldea. Pero los indios sabían que no encontraría ningún vado; Al otro extremo del campamento, la vigilancia india se relajaba un podo Mientras toda la atención de las hombres de Toro Sentado se centraba en el cuerpo principal de la caballería, e1 modesto batallón mandado por el mayor Reno, compuesto por 140 soldados, atacó, de acuerdo a los planes, la retaguardia indígena, tomando por sorpresa a los guerreros de Toro Sentado. Mientras dirigía la carga, Reno confiaba completamente en que Custer hubiese atacado al mismo tiempo por el otro lado de la aldea. No tenía ninguna forma de saber que el batallón de Custer todavía estaba tratando de sortear el obstáculo del río, a unos 6 Km. de distancia. Reno sorprendió en sus guaridas a los oglalas, a los hunkpapas y a los sioux blackfoot, que estaban concentrados en el extremo sur del enorme campamento.
Las mujeres y los niños huyeron de sus tipis bajo una lluvia de balas. Un joven hunkpapa llamado Gall, un huérfano adoptado por Toro Sentado, que lo designó su ayudante de campo, vio derribar a su mujer ya sus hijos antes de que pudiese replegar a sus guerreros para un contraataque. Gall y sus hombres rodearon el flanco de Reno; cuando la caballería vaciló unos instantes y ya no pudo arremeter, los hombres de Gall la sorprendieron por detrás. Superados en táctica y en número, los soldados de Reno —que ya estaban exhaustos por la marcha forzada— se retiraron hacia la relativa seguridad del bosque cercano, buscando un refugio hasta que el ataque de Custer hubiese aplacado la violencia desplegada por los indios. Pero Custer todavía no atacaba. Tampoco lo hacía la tercera columna, a las órdenes del capitán Benteen, que aún se encontraba a algunos kilómetros de su objetivo.
Después de solamente treinta minutos de combate, la retirada del mayor Reno se convirtió en una aplastante derrota. Ahora los indios quedaban libres para concentrar toda su atención en el odiado Pahuska... Toro Sentado permanecía frente a su tipi, y dirigía la batalla mediante una serie continua de mensajeros a caballo. Gall, Caballo Loco y el jefe de los cheyenes, Dos Lunas, Two Moons, galopaban de continuo los cinco kilómetros de extensión que tenía el campamento, concentrando a los guerreros para la batalla que estaba a punto de comenzar. Caballo loco gritó: «iHoka-hey! , Hoy es un buen día para combatir.
Es un buen día para morir. Corazones fuertes, corazones bravos, al frente! Corazones débiles y cobardes, a la retaguardia!». La columna de Custer permanecía aún escondida en las colinas,, frente al campamento de Toro Sentado. El general avanzaba con cautela pero con confianza, buscando el paso ideal entre los riscos, a través del cual cargar sobre la concentración indígena, una vez atravesado el río. Pero Custer no sabía que el río había sido ya vadeado, en sentido contrario, por los hombres de Gall. Éstos se deslizaron por una garganta y atacaron la retaguardia de la columna de caballería. Custer fue tomado totalmente por sorpresa. Ordenó a sus hombres correr hacia la colina más cercana y tomar posiciones defensivas. Pero cuando las tropas estaban a .mitad de camino en su ascenso, el general Custer tuvo una visión: a través de ella vio por primera vez que no era invencible.
Allí, en la cima de ese promontorio —que ahora se llama colina Custer— apareció Caballo Loco con 1.000 guerreros a caballo. Por un momento, los indígenas contemplaron con desdén a Custer y a la banda dispersa en que se había convertido su exhausta caballería. Luego, dando feroces alaridos, los indígenas cargaron colina abajo. La caballería de Custer fue reducida en pocos segundos. Los so4dados desmontaron e intentaron defenderse en campo abierto, sin apenas protección. Lucharon con valentía, tratando de conservar sus caballos. Pero a medida que la gritería de los sioux se acercaba,, los jinetes de Custer tuvieron que liberar las cabalgaduras. Ahora no existía esperanza de escapar. Los orgullosos soldados de caballería quedaron reducidos a un puñado. En los aledaños de la batalla, algunos pocos soldados heridos levantaron sus brazos y pidieron ser tomados prisioneros. Pero no hubo prisioneros ese día. Los heridos fueron muertos a tiros o a cuchilladas.
Custer fue uno de los últimos en morir. A medida que mermaban sus filas y los indígenas se le acercaban, vieron que Pahuska ya no tenía el cabello largo hasta los hombros. Se lo había cortado, y esa era la razón por la cual los atacantes no lo habían reconocido de inmediato. El general estaba en el centro de un pequeño, patético grupo de soldados sobrevivientes. Toro Sentado comentó luego: «Donde se cumplió la última batalla, el de los largos cabellos estaba como una gavilla de trigo con todas las espigas despenachadas a su alrededor».
Muy pronto, Custer fue cubierto por una oleada de guerreros indígenas. Muchos indios reclamaban más tarde haber sido quienes dieron muerte al odiado Pahuska. Era un legítimo motivo de orgullo. En Washington, sin embargo, la última batalla de Custer fue calificada como una masacre salvaje. Se envió un cuerpo más poderoso que el de Custer contra los indígenas, que se dispersaron rápidamente.
Caballo Loco se trasladó a una reserva y se sometió a los blancos. Pero fue arrestado y luego asesinado a bayonetazos mientras trataba de escapar del Fuerte Robinson, en 1887. Sus últimas palabras fueron: «Dejadme ir, amigos míos. Ya me habéis hecho suficiente daño». Toro Sentado huyó con 3.000 guerreros al Canadá, la «Tierra de la Gran Madrina», la reina Victoria. Regresó a los Estados Unidos y se rindió en 1881. Pasó dos años en prisión antes de que le permitieran reintegrarse a su tribu, en la reserva de Standing Rock, en Dakota del Norte Fue la estrella del espectáculo sobre el Lejano Oeste montado por Búfalo Bill durante un tiempo.
Pero, después de regresar nuevamente con su tribu, fue acusado por el ejército de incitar a la rebelión. Cuando la policía indígena llegó para llevárselo a la cárcel, el 15 de diciembre de 1890, Toro, Sentado se resistió al arresto y fue asesinado por la espalda. El derrotado Custer, por su parte, recibió honores que se reservaban a quienes habían triunfado en la batalla. Su cadáver fue recuperado, y se le enterró como a un héroe en West Point. Incluso el único superviviente de aquel baño de sangre, un caballo del regimiento llamado irónicamente Comanche, fue elegido como la mascota del Séptimo Regimiento de Caballería, y aparecía siempre en las paradas, ensillado pero sin jinete. Custer dejó para la posteridad un libro de autoalabanzas, Mi vida en las praderas, que dio origen a una falsa leyenda de heroísmo que tardó un siglo en desvanecerse. Asociado a su memoria, existe en el Little Bighorn un pequeño pero próspero negocio. Vende botellas llenas del «polvo que mordió Cuester".-

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